Agradecimientos

El llE quiere expresar el más profundo agradecimiento a todos quienes contribuyeron para que esta publicación haya visto la luz. La familia del profesor, que nos permitió el acceso a archivos personales, el diario LA NACIÓN (¡Gracias Leonor!) y diversas editoriales, por medio de sus autorizaciones para reproducir trabajos, forman parte de ese "todos" en el cual deben sentirse comprendidos los que, de diversas maneras, han colaborado. De nuevo, gracias.

Palabras de Gabriel J. y Pablo M. Zanotti

Nuestro padre nació en Buenos Aires el 2 de marzo de 1928. Era hijo de Luis Pedro Zanotti y Cándida Lacanna. Tuvo una infancia normal y feliz en el barrio de Caballito junto a su querida hermana Mabel. Su madre, docente de alma, y Marisa Serrano, una maestra ejemplar, fueron los primeros instrumentos que la Providencia utilizó para imprimir en su espíritu una vocación, una llamada, muy profunda. Una vocación que marcó en él un estado permanente de vida, una búsqueda y un desafío permanente en su ser: la vocación de hacer surgir en toda persona lo mejor de sí misma. Una noble y simple palabra la expresa: maestro.

Así, en 1946, recibe su título de Maestro Normal Nacional en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, en una época en que aún esa carrera era para muchos un sacerdocio laico, en el buen sentido del término. Su primer libro, La generación del medio siglo, es un testimonio de ese tono espiritual que no lo abandonaría jamás.

Fue maestro de escuela primaria, en la escuela estatal 10 del Distrito Escolar 7 de la calle Canalejas 975, desde 1947 hasta 1955. En 1947 inició, paralelamente, su carrera universitaria de Profesor en Pedagogía, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, que concluyó en marzo de 1951 con diploma de honor. En esas aulas, de gran nivel por entonces, conoció a Juan Emilio Cassani, quien influyó en su vocación por la política educativa. Esa disciplina, a cuya sistematización y progreso tanto contribuyó, representaba para él la síntesis, la conjunción rigurosa de tres elementos que siempre lo apasionaron: no sólo todo el fenómeno educativo en su conjunto, sino también el derecho y la historia.

En diciembre de 1948 conoció a quien sería su esposa y nuestra madre, María Susana Montefusco, con quien se casó en Marzo de 1953. Su amor y dedicación a su mujer y hacia nosotros fue sencillamente absoluto. Lo mismo que hacia su trabajo. Papá tenía esa espiritualidad que luego importantes pensadores calificaron de camino propio de la santidad de un laico: el deseo de perfección, por amor, en su familia y en su trabajo. Comprendemos al lector que piense que escribimos esto conmovidos por la subjetividad entendible de nuestro afecto. Pero quienes lo conocieron y lo trataron, sus familiares, amigos, colegas y discípulos, saben perfectamente que era así.

Terminados sus estudios universitarios, comenzó su intensa vida docente en el nivel superior. Dio clases de Pedagogía General en el Instituto Nacional Superior del Profesorado hasta comenzada la década del 70, e inició su carrera docente en la UBA como ayudante de Política Educativa, cuya titularidad por concurso ganó en 1968. Por el simple hecho de no ser marxista le fue arrebatada la cátedra en un simulacro de proceso en 1973. Papá dio clase de ética con su sólida actitud. En su valentía, en un momento en que cada día no se sabía si se salía vivo de la Universidad. En su dignidad, en no consentir ni aceptar, ni someterse al simulacro de juicio efectuado. En su perdón –sobre todo en esto– mediante su silencio, su falta total de resentimiento y en su comprensión de los avatares de los hombres y de la historia cuyo curso ellos determinan. En 1976 retornó a su cátedra, a la cual renunció finalmente en 1983.

En noviembre de 1958 viajó becado por la Unesco a Roma, para estudiar pedagogía con Luigi Volpicelli, en la Universidad del Magisterio, hasta julio del año siguiente. Esta experiencia fue decisiva para su vida profesional. Unos años antes, en 1955, había iniciado también su trabajo en el diario La Nación, como redactor. Su vocación periodística, que él supo hacer una con su docencia, lo acompañó siempre. Trabajó en la redacción general de La Nación hasta 1964, año en el que quedó como editorialista hasta 1977; retomó en ese mismo año su trabajo en la redacción como jefe de la sección educación. En 1983 asumió como Jefe de Editoriales, cargo que desempeñó hasta su muerte.

Su actividad académica en el orden educativo se completó con la dirección del Departamento de Pedagogía de la UBA, desde 1963 hasta comienzos de la década del 70, y con la dirección de dos importantes revistas, "Cátedra y Vida", desde 1960 hasta 1968, y la "Revista del Instituto de Investigaciones Educativas", desde 1974 hasta 1990. En este último caso hay que tener en cuenta que papá fue la fuerza inspiradora central del Instituto de Investigaciones Educativas. Mientras tanto fueron apareciendo todos sus libros, cuya reseña está efectuada en esta misma edición por uno de sus mejores discípulos. No corresponde a nosotros efectuar una síntesis de su pensamiento, sólo diremos que marcó un hito en la sistematización y profundización de la política educativa. Lo importante es que en el tono de sus reflexiones se advierte gran parte de su espíritu. A lo largo de los años, al advertir que la sociedad argentina en su conjunto entraba de manera casi permanente en una cerrazón y silencio con respecto a las profundas y necesarias reformas que él proponía, supo mantener una difícil síntesis espiritual entre la insistencia inútil y el silencio indiferente (el prólogo a Los objetivos de la escuela media es un buen ejemplo de ello). Rechazó reportajes y entrevistas en medios masivos de comunicación –apariciones por las cuales muchos argentinos pierden totalmente su equilibrio espiritual– e hizo muy pocas presentaciones públicas, excepto en la Academia Argentina de Educación, a la cual dedica sus últimos esfuerzos. Había sido nombrado académico en 1985. Al mismo tiempo siguió volcando su pasión por la educación argentina a través de sus artículos en el llE y en su eficiente labor de editorialista en La Nación. En sus últimos años desarrolló una serie de reflexiones que conformaron un pensamiento filosófico propio, más abarcador y fundante que lo estrictamente educativo. Fueron esas reflexiones los artículos que publicó bajo el nombre de "Jorge Lacanna", por el primero su segundo nombre y el segundo su apellido materno. En estos artículos fue máximamente maestro, y su madre, como dijimos, también lo había sido.

Sus actividades profesionales, empero, no se limitaron a lo ya descripto. Su pasión pedagógica lo llevó durante toda su vida a desarrollar una serie de actividades conectadas con su ideal. Asesoró pedagógicamente a diversos colegios, como el Santa Inés, del 72 al 76, y al Juan XXIII, del 70 al 71, del cual había sido rector en 1968. Asesoró también a la Dirección de Instrucción Naval desde 1969 hasta 1976. También brindó su experiencia pedagógica en diversas editoriales, como Códex, del 64 al 66, y Estrada, del 67 al 75. Hizo además diversos viajes para brindar sus conocimientos docentes: Puerto Rico, en octubre del 58, antes de su viaje a Roma; a Perú (1963), a Colombia (1963), a Caracas Río de Janeiro y San Pablo (1978); en 1968, invitado por el Departamento de Estado de los EE.UU. , hizo un importante viaje a ese país, para estudiar de cerca su sistema educativo, análisis que tuvo importantes consecuencias en la evolución de su pensamiento. (Un viaje análogo, en el orden periodístico, realiza en 1978, a los EE.UU., para estudiar los nuevos sistemas de impresión gráfica, enviado por La Nación). Sus clases se extendieron también al Normal 1, al Instituto Nacional del Profesorado en Lenguas Vivas, y a universidades privadas (El Salvador y la UCA). También dictó importantes cursos por el interior del país: Rosario, Córdoba, Santa Fe; y durante los años 76 y 77 recorrió diversas localidades exponiendo sus propuestas sobre la escuela media, experiencia que queda testimoniada en Los objetivos de la escuela media, uno de sus más importantes libros. Y es importante señalar que en agosto de 1966 había asumido como Director General de Enseñanza Secundaria, Normal, Especial y Superior, cargo al que renuncia en febrero del 67, cuando la firmeza de sus principios le indicaron el límite de la tolerancia.

Y todo esto –no se olvide– en medio de la publicación de los libros y artículos de los que estas obras dan testimonio.

Uno podría preguntarse cómo era posible tanta actividad conjunta, realizada además con una responsabilidad sencillamente milimétrica. Esto nos abre el camino a una de sus características personales. Papá disponía de una energía y una voluntad de acción excepcionales, no reñidas en absoluto con la necesaria contemplación de la vida intelectual –vida que, en él, era inseparable de la actividad docente–. Eso emergía de algo más profundo: un entusiasmo permanente por la existencia, una capacidad de asombro nunca perdida y una no habitual felicidad diaria frente a los desafíos de su trabajo y de su vida cotidiana. Era capaz de disfrutar tanto de una caminata en una mañana soleada como de una clase o de la redacción de un editorial. Este entusiasmo y este asombro explican, también, gran parte de su vocación periodística auténtica: acerca de todo episodio, viaje o acontecimiento era capaz de redactar una nota. No era simple curiosidad: era sensibilidad y preocupación por los detalles concretos que rodean siempre a la vida de las personas y los pueblos.

Su ética, creemos, debe entenderse también a partir de esto. Poseía, en efecto, un sentido profundo del cumplimiento del deber, como ya dijimos; esto se combinaba armónicamente con una cordial formalidad en todas sus costumbres cotidianas –desde el tono de su voz hasta el cumplimiento de los horarios– que dotaban a su persona de un particular señorío. Pero esa ética provenía de su amor y su entusiasmo por su profesión y por su prójimo. Y por eso era una eticidad profundamente humana, encarnada en una concepción trascendente de la vida.

Su sentido de la familia era particularmente profundo, y estaba también encarnado en lo cotidiano. Los familiares y amigos que lean estas líneas podrán recordar con facilidad su presencia central en cualquier reunión familiar, "llevando adelante y poniendo energía y entusiasmo en nuestra vida cotidiana; en el estar-con nosotros lo más profundamente que él pudiera. No era una cuestión de horarios: él estaba-con nosotros en toda circunstancia, como cierta causa permanente de nuestra constitución existencial. Y educando, precisamente. Ver a papá era ver lo que significa la docencia encarnada en cada minuto de una vida, incluso cuando advertía sus propias limitaciones. Y cabe agregar que el mismo afecto que tenía para con su familia lo tenía también para con sus amigos y discípulos. Profundamente sensible, aunque muy contenido en la expresión externa de sus emociones, no era difícil ver incipientes lágrimas en sus ojos –que allí se quedaban– ante cualquier acontecimiento importante de la vida de sus seres queridos.

Poseía una vastísima cultura literaria y musical. No necesitaba recurrir a absorbentes y ruidosos escapismos a los cuales se ha acostumbrado un vasto sector de nuestra cultura. Él sabía "estar-en-su-casa" leyendo a algún clásico –Unamuno, Chéjov, Pirnadello– o escuchando a Mozart... Pero sin olvidar un ningún momento que estar "en" su casa era también "estar-en" su mujer y sus hijos. Sabía estar en paz consigo mismo, sin por ello –es más, a causa de ello– estar encerrado en sí mismo.

Hacia 1985 comenzó a sentir una progresiva disminución en sus fuerzas físicas, lo cual no fue algo fácil de aceptar en una persona acostumbrada a un rendimiento fuera de lo normal. Paralelamente a la evolución de su enfermedad, los médicos la fueron diagnosticando. Su hepatitis viral crónica tipo C hizo su primera crisis grave en abril del 91. Una conversación con su médico durante ese año revela perfectamente al hombre que hemos descripto. Después de meses de descanso absoluto, se le permitió regresar al trabajo pero "a media máquina". "Zanotti, desde ahora, en su trabajo, tendrá que acostumbrarse a los grises". "Dr., en mi vida no hay grises".

Sin embargo, formó parte del blanco de su espíritu aceptar ese gris ajeno a su voluntad. Fue adoptando frente a la muerte la difícil síntesis entre una mala resignación y una mala rebeldía. Su muerte fue su última clase, como adjunto de la Providencia Divina. Fue internado en gravísimo estado hacia mediados de diciembre. Más o menos un mes antes había leído la Salvific Doloris de Juan Pablo ll, texto que aún puede observarse sobre su mesa de luz. Unos días antes de Navidad recuperó la conciencia. Habló del sentido cristiano del dolor con enfermeras, amigos y parientes. Pasó la Nochebuena con todos nosotros, y nos explicó –seguía dando clase– por qué era esa una de las Navidades más profundas de su existencia. Dos sacerdotes fueron a verlo durante ese período, como amigos y como pastores. Pasada esa Navidad, donde su lucidez espiritual había llegado a su máximo, entró en coma, exactamente después del 25. Recibió la extremaunción. No muchas horas después, murió. Había una profunda paz en las facciones de su rostro.

Papá sigue viviendo. En la Casa del Padre, donde ahora está y desde donde sigue cuidándonos. Y en estas obras, cuya argumentación lúcida, serena y firme es un magnífico retrato de su espíritu.

Gabriel J. Zanotti
Pablo M. Zanotti

Buenos Aires, octubre de 1992


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Palabras de Raúl E. de Titto

El 15 de julio de 1977 era para mí un día muy importante. A la tarde comenzaría un viaje de varios días con mis alumnos de 6º grado de la escuela República de Méjico. La experiencia me había enseñado que el profundo grado de mutuo conocimiento que se alcanza en la relación maestro-alumno en estas oportunidades permite mejorar notablemente el proceso de enseñanza y aprendizaje que se registra, fundamentalmente, en el trabajo en el aula. Por la mañana de ese mismo día debía rendir el examen final de Política Educacional y Educación Comparada, en mi calidad de alumno de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, carrera de Ciencias de la Educación. Al cursar dicha materia me había sentido "atrapado" por ella, por lo cual no me costó preparar el examen.

Una vez que había sido interrogado sobre diversos temas –recuerdo obligatoriedad de instrucción y libertad de enseñanza entre otros– el titular de la cátedra, Prof. Luis Jorge Zanotti, me preguntó a qué me dedicaba, además de estudiar. Me pareció entrever que dicha pregunta iba más allá del plano de la cortesía y, respondida que fue, la sospecha fue confirmada. Me pidió que me comunicara con él una vez egresado de la Facultad. El día, sin duda, era muy importante. Pero no sólo por lo que iba a suceder por a tarde sino también por lo que ya había sucedido. Ser invitado a comunicarme con una de las personalidades más sobresalientes de la pedagogía contemporánea excedía mis anhelos.

Luego la cátedra, el Instituto de Investigaciones Educativas, la revista "naranja" que el profesor dirigió hasta su último número y numerosos encuentros personales/profesionales fueron cultivando una relación que, debo decir, han dejado huellas en mi vida que seguramente no desaparecerán.

Pocos quizá tienen la suerte de tener un gran profesor. Algunos tenemos la dicha de tener un maestro, como Luis Jorge Zanotti lo fue para mí.

En el plano profesional era un gusto escuchar de su boca los ires y venires de la pedagogía en el mundo y en particular en la Argentina. Más de una reunión de cátedra se transformaba en una oportunidad para aprender a ser rigurosos en lo nuestro, para analizar distintos tipos de pensamiento. A pesar de haberse declarado pedagogo en retirada hacía más de diez años, no dejaba de estudiar, de leer y de analizar las novedades que se iban produciendo.

La formación que nos brindó superó el espacio de los conocimientos. Sólo por citar un ejemplo, días antes de dictar mi primera clase me señaló que si el horario de trabajo es de 18 a 21 no es de 18.05 a 20.45, como solía suceder en los ámbitos educativos.

Fiel a su cultivado pensamiento, en todos los planos respetaba y hacía respetar la idea de libertad, y con ella la de crecimiento, ya que en numerosas oportunidades delegaba responsabilidades, obviando ese típico sentimiento de omnipotencia de muchos. Admitía decisiones distintas a las que él hubiera tomado.

En ocasiones, trabajando en conjunto con el Prof. Héctor Ferrauti –mi otro maestro y discípulo dilecto de L.J.Z. – nos preguntábamos ¿qué opinará el profesor de esta cuestión? A tal punto fue orientador.

En lo personal, un ser humano de excepción. Sabemos de la devoción que sentía por su familia y de la entrega, sin ostentación, que tenía hacia quienes lo ligaba el afecto. Las palabras de sus, en este mismo volumen, eximen de mayores comentarios.

Para sintetizar, debo decir que esta obra es un homenaje muy sentido, tanto que es difícil expresarlo en palabras, a mi querido Luis Jorge Zanotti. Lamento no haberle dicho todo lo anterior en vida y me alegro de haber podido editar este trabajo para que muchos puedan nutrirse en lo mejor de la pedagogía.

Todos los docentes tienen alumnos. Muy pocos tienen discípulos. Luis Jorge Zanotti lo logró. Ojalá me haya considerado uno de ellos.


Raúl E. de Titto


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Instituto de Investigaciones Educativas
Junio 1993
Buenos Aires, Argentina