Víctor Mercante: Un Arquetipo

ENSAYO SOBRE LOS ESTUDIANTES

de Federico Scanavecchia

Capítulo I

El matrimonio de los inmigrantes

En 1869, un matrimonio italiano decide abandonar las tierras heredadas de sus antepasados y embarcarse, también ellos, para la gran aventura: América. Convierten en metálico la fortuna modesta habida en terrenos, en útiles, en la casa rústica y se embarcan en una nave de vela que durante noventa días interminables se bambolea sobre las aguas del Atlántico, rumbo a la esperanza. Son unos más entre tantos que por la misma época –un poco antes, un poco después– llegan a estas otras tierras, fértiles también, pero aún no exploradas casi por el hombre, apenas cultivadas. El gran país del norte acoge a muchos; las costas del Río de la Plata reciben a miles ansiosos de un porvenir más fecundo.

El matrimonio de nuestra historia está formado por un hombre de 30 años que tiene generaciones de labriegos en su sangre. Ha nacido en 1839 en el pueblo de Zebledazzi, en la Liguria. Allí, en el valle del Besante, la familia Mercante –tal es su apellido– ha vivido durante más de 170 años. Son campesinos con su pizca de orgullo. Tienen sus fincas; tienen sus escudos de burgueses honrados. Han vivido del trabajo de la tierra dirigiendo sus haciendas modestas, sin confundirse con quienes deben contratar la fuerza de sus brazos para trabajar por cuenta ajena, pero no han pretendido blasones de nobleza que no les competen. El abuelo de este Mercante que pisa tierra argentina, en diciembre de 1869, ha sido soldado de Napoleón el Grande, y en su pueblo natal fue nombrado, en recompensa, maire, por lo cual la familia lleva por apodo 'los merlines'. Al llegar a Buenos Aires, todo queda atrás. América es un inmenso mundo en el cual se puede llegar a gloria desde la nada, pero también sabe reducir a la nada las glorias modestas y sencillas que cada hombre, al nacer, trae consigo por sus mayores. La mujer que lo acompaña no olvidará nunca la Italia que deja atrás ni el bienestar humilde en lo material pero señorial en el espíritu, gentil en la vida social, rica en las tradiciones, que han perdido aquí irremisiblemente. Se llama Filomena Lombardi. Ha nacido en Teramo, en los Abruzzos, súbdita de los Borbones. Su familia no es noble, pero reconoce una burguesía de más alta trayectoria que la del esposo. Sus ascendientes se repartían entre Chieti y Téramo, y hubo entre ellos médicos, pintores, abogados y músicos. Anotemos: uno fue director de orquesta en Constantinopla y en Atenas. Los padres de Filomena no eran pobres, y una tía poseía un palacio suntuoso en Chieti, donde la sobrina pasó buena parte de su niñez. Esta inmigrante que llegaba al puerto de la urbe orgullosa e su destino, a la gran capital del Sud que cantaba Guido Spano, con el alma acongojada por el recuerdo de sus lares tan lejanos, el cuerpo dolorido la navegación inhóspita y el embarazo del segundo hijo, concebido en Italia –el primero había muerto apenas nacido– era una mujer de espíritu delicado, de inteligencia serena, de virtudes bien templadas. No sabía leer ni escribir. "Mi madre –dirá mucho después ese hijo que por entonces latía en su seno– era analfabeta. En tiempo de los Borbones no se estimaba útil o decente que una mujer aprendiera a leer o frecuentara las escuelas públicas de Téramo, que eran tres."

Su esposo, Antonio, balbuceaba las primeras letras aprendidas durante el servicio militar, "porque en 1845 la escuela estaba a veinte kilómetros de Zebledazzi".

Son, en efecto, apenas unos de tantos de los inmigrantes italianos, españoles, judíos, vascos, polacos, que a lo largo de la Organización Nacional llegaron a un país que emergía lenta y tumultuosamente, todavía, de los espasmos de la lucha por la independencia y de las guerras fratricidas enconadas, largas, inacabables.

La ciudad lo alberga apenas unos días. Luego, la pampa. Se afincan a unos treinta kilómetros de la urbe. Hoy, atravesando esos treinta kilómetros, hasta llegar a Merlo, los trenes eléctricos dejan ver solamente un abigarramiento permanente de casas, fábricas, comercios y una calle-ruta que corre por el costado. Rivadavia, en la desbordan a toda hora automóviles, ómnibus y camiones en filas apretadas y constantes. Entonces, el viejo pueblo de Merlo se alzaba en plena pampa. Bastaba llegar a Flores, apenas a ocho kilómetros del centro de la ciudad, para encontrarse en medio de quintas inmensas, de chacras de verduras, de extensiones inabarcables a la vista. La pampa, con la infinitud de su planicie, la vastedad de la llanura todavía no alambrada, la riqueza de sus aguadas y arroyos no contaminados, la variedad de hierbas, de árboles, de pájaros y de especies que tan bien cantó Guillermo Enrique Hudson, el paisaje bonaerense, en fin, que apenas si tiene cuchillas que sólo muestra como por milagro unas cuantas sierras bajas, que no tiene ríos caudalosos, que es nada más que pastos y horizontes, estaba presente en Merlo, pueblo viejo que toma su nombre del primitivo poblador don Francisco de Merlo, quien en 1723 hizo construir aproximadamente donde hoy se alza la ciudad homónima un oratorio o capilla que puso bajo la advocación de Nuestra Señora del Camino y de San Antonio de Padua. Ese oratorio fue la base del Curato o Parroquia instalado pocos años después, y a su vez base de la fundación del pueblo, instalado en 1755.

En ese lugar se afincan en los últimos días de 1869 Antonio Mercante y Filomena Lombardi. Y allí, en febrero de 1870, el día 21, nace el hijo primogénito, en tierra argentina, concebido en Italia, que ha bebido su alimento en un seno maternal; que respiró por tres meses los aires salobres del océano en una travesía desgarrante y esperanzada; que ve la luz primera en medio de la pampa conmovida, aún, por las luchas fratricidas y por los afanes del progreso civilizador que la transformaban día a día.

Víctor Mercante es el hijo del inmigrante. Su trayectoria es arquetípica. Dotado de la riqueza incalculable que es el talento virgen, encuentra en un país que los espíritus más ambiciosos y honestos están haciendo para que todos los hombres del mundo tengan su oportunidad, el cauce fecundo para la siembra certera y la fructificación más notable. En otros veintidós años, este niño será un profesor distinguido; un hombre ilustrado mucho más allá de cuanto podían serlo por entonces la mayoría de los grandes burgueses de aquellos valles de los Abruzzos y de la Lombardía; un ciudadano igualado a todos los restantes, sin que nadie escudriñara en blasones o antecesores, un catedrático llamado a altos cargos; un joven recibido con beneplácito en los salones tradicionales de la sociedad provinciana; un diputado, en fin, en la Legislatura de San Juan, representante popular en una democracia naciente.


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Capítulo II

Federico Scanavecchia

Nuestra imagen primitiva de Mercante fue la del pedagogo famoso. Apenas iniciados nuestros estudios universitarios de Pedagogía, supimos de la figura del fundador de la primera Facultad de Ciencias de la Educación en América latina, en la Universidad de la Plata, base de la actual Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Supimos también de su fama internacional; de sus investigaciones y estudios profundos en materia de psicofisiología del aprendizaje; de la publicación de los Archivos de Ciencias de la Educación, que circulaba en los más importantes centros especializados de Europa y de los Estados Unidos. Más tarde, conocimos algunas de sus obras principales y en particular los dos tomos de su Metodología, cumbre del positivismo pedagógico argentino y libro de texto en las escuelas normales del país durante muchas décadas. La figura de Mercante, de tal modo, quedó identificada en nuestro ánimo, como en la casi totalidad de los maestros argentinos, con la del insigne pedagogo, Egresado de la Escuela Normal del Paraná y fundador en el país de los estudios pedagógicos de nivel superior.

Un día, a raíz de un comentario periodístico, tuvimos ocasión de leer un libro titulado Los estudiantes, de Federico Scanavecchia, seudónimo nada menos que de Víctor Mercante. Fue un deslumbramiento. Un asombro extraordinario cundió en nuestro ánimo apenas comenzamos a recorrer sus páginas, que no pudimos abandonar hasta que, no sabemos si en horas o en un par de días consumimos la última línea. Desde entonces, hemos perdido la cuenta de cuántas veces lo leímos. De las obras de autores argentinos, ninguna nos ha entusiasmado tanto, salvo, en nuestra adolescencia, Don Segundo Sombra o las novelas de Eduardo Cambaceres. Pero la sorpresa mayor fue encontrar a un Mercante no sólo desconocido sino casi increíble. ¿Era posible que el gran universitario, que el famoso creador de métodos, que el consagrado investigador de resonancia internacional, el director de Archivos, el positivista severo de la Metodología, el austero director de la Escuela Normal de Mercedes, el decano-fundador de la Facultad de Ciencias elegido por Joaquín V. González, fuera el autor de estas páginas de frescura maravillosa, de desenfado irreverente, de humor a lo Fray Mocho, de realismo sin par, de picaresca juvenil desenbozada, de estilo castellano de notable altura y aún plenas de sarcásticas irreverencias hacia la Pedagogía engolada y pretenciosa de quienes habían hecho del metodismo un culto y de los dogmas normalistas una virtud formalista? Pues sí: era posible. Los estudiantes, libro que Víctor Mercante escribió bajo seudónimo, es una obra maestra de la literatura castellana y revela facetas absolutamente desconocidas de una figura hasta hoy consagrada bajo un manto que apenas si muestra una parte –pequeña y escasa, a pesar de su magnitud– de una personalidad de extraordinaria envergadura.

Para poner un poco de orden, dividiremos lo que sigue de este ensayo en otros tantos capítulos destinados a considerar el significado literario sociológico y pedagógico del libro que nos ocupa, aunque es indispensable señalar que esa separación sólo tiene sentido en función de una mejor claridad expositiva y por razones que llamaríamos didácticas, ya que los tres aspectos se entrelazan y forman un todo indisoluble que es lo que da a la obra su valor y su riqueza conceptual y estética.


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Capítulo III

La riqueza estilística

¿Cómo aprendió a escribir en español, de manera tan rica y tan argentina, este hijo de italianos, este hijo de inmigrantes de un hogar humilde? La figura arquetípica de Mercante queda delineada también en este aspecto: como él, son muchos los apellidos itálicos que han logrado, en su primera generación en esta tierra, manejar con soltura admirable la lengua de Cervantes y engalanar nuestras letras con páginas de armonioso estilo, de singular belleza y de claridad y vigor poco comunes.

Hemos de añadir, todavía, otro detalle revelador de las dotes especiales con que el gran estudioso estaba dotado: cuando contaba siete años, regresa con sus padres a Italia. Allí aprende a escribir en la lengua familiar y casi olvida el castellano de la aldea bonaerense. Regresa a Merlo a los diez años de edad, y sólo entonces retoma contactos con el español, cursa los primeros grados de la escuela elemental y se encuentra definitivamente, con el idioma que le servirá de herramienta, de trabajo fundamental en el resto de su vida. Más adelante, aprende el inglés, el francés y puede leer en alemán. Escribe obras en italiano y gusta del clasicismo del Dante y sus seguidores. Pero admira a Leopoldo Lugones; es uno de los primeros conversos al modernismo de _Rubén Darío; aprecia el intimismo de Amado Nervo –de quien escribe una conmovida semblanza– y, seguramente, ha nutrido su fragua del aprendizaje del castellano en los mejores escritores españoles y americanos. Confiesa que solamente alrededor de sus treinta años de edad comenzó a sentirse satisfecho del manejo escrito del idioma.

Los estudiantes nos revela una pluma como hubo pocas entre nosotros. Suelen compararse sus páginas con Juvenilia de Miguel Cané. Efectivamente, la comparación es inevitable. En esta obra maestra de la literatura nacional, el autor es un fiel reflejo del patriciado porteño de la época, español por sus orígenes ancestrales, criollo de largas generaciones, afrancesado por la formación cultural propia de su época y de su clase social. Clubman y porteño, Cané tiene una prosa rica y galicada; descuidada en su sintaxis; fresca, espontánea. Es el estilo de Lucio V. Mansilla y de Lucio V. López en La gran aldea. Es ágil, entretenida, con mucho de buen causer y poco de la meditación cuidadosa del literato español novecentista. Más desenfado que todos ellos tiene todavía Enrique de Vedia, capaz de intercalar malas palabras de su tiempo –y muy castizas– en un informe al propio ministro de Instrucción Pública, aunque las vele con unos puntos suspensivos que a nadie pueden engañar. La Prosa de Mercante es otra cosa. Los estudiantes tienen un caudal superior a todos los autores nombrados. Los galicismos no abundan y si hay italianismos no forman parte dl discurso corriente, sino que son intercalaciones introducidas a sabiendas que no afectan la pureza del estilo. En cambio, son tantas las expresiones españolas de viejo cuño, que podría sospecharse un uso pedante y rebuscado del diccionario, si no fuera que la veta retórica fluye tan natural y libre que demuestra cabalmente el dominio limpio y espontáneo del decir.

Pero donde, sin duda, Mercante se eleva hasta un plano asombroso es en las páginas de picaresca. Hemos vuelto, por temor a dejarnos llevar de entusiasmos poco cuidadosos, a releer la Vida del Buscón de Quevedo y El Lazarillo de Tormes. Honestamente, entendemos que Scanavecchia es superior en el estilo, en el desenfado, en la gracia, en el realismo de las descripciones. Toda la obra está plena de pasajes que son una obra maestra de la literatura picaresca y de otras tantas donde el vuelo lírico o la profundidad de las expresiones revelan al escritor de garra. Si Mercante hubiera querido rivalizar con Fray Mocho, la historia de nuestras letras tendría hoy dos titanes del humor en sus anales.

Podríamos citar página tras página, párrafo tras párrafo, para demostrar nuestras aseveraciones. Mencionemos, de paso nada más "En lo de las Bruno", "El asunto Balujera"; "La calaverada de Urpilla"; "La Serenata" o "El Duelo" como memorables. Pero es imposible dejar de destacar el episodio del naranjero al que los muchachos limpian, sin remordimientos, de un centenar de jugosos cítricos, que harto necesitaban sus entrañas digestivas sometidas a regímenes dietéticos poco estimulantes de movimientos higiénicos, porque no es fácil hallar otro modelo de picaresca tan logrado en nuestro idioma y, sin duda, ninguno de autor argentino. A pesar de lo cual, creemos que la descripción del almuerzo de fin de año con el albañil Rastelli supera todo lo anterior y constituye una página digna de inmortalizar a cualquier hombre de letras (pp. 68 a 70).

No es esto todo, sin embargo. La capacidad literaria de Mercante no concluye en el estilo liberticida de la picaresca, en el reír buenamente de las purezas gramaticales al modo de Larra o en el humor –tampoco común, ¡ay! en nuestros estudiosos e investigadores– con que sabe tomar a broma los asuntos más solemnes. Es también un eximio buceador del alma humana y, ya sea como biógrafo de su propia persona o como narrador de otras vidas, alcanza síntesis magníficas.

Relata bien; describe con exactitud y colorido. Pero, como virtud fundamental, se caracteriza por la economía de palabras por la riqueza que consigue con dos o tres pinceladas maestras. El capítulo I de Los estudiantes lo prueba. Lo titula con una palabra reveladora: "Solo". Son nada más que cuarenta líneas. Le bastan para pintar al protagonista por entero: su pasado, su modestia originaria, su ambición, hasta su destino queda allí clarificado.

"En el 'Pingo' llegué al Paraná una mañana del mes de abril. A la sombra de un aguaribay interpuesto entre el sol ardiente y yo, meditaba alicaído mi destino; demasiado para un mozuelo... Me dirigí la palabra; ¡Solo! Solo estás. Pero no te abatas. La soledad es dulce y compañera... ¿Qué serás? En este momento eres nada; no puedes comenzar bajo mejores auspicios... El tañido de la campana interrumpió mi discurso y alcé los ojos. Esa es la escuela, me dije... Eran las once. Por las puertas desbordó el torrente estudiantil y la plaza, tomando aspecto de romería, se pobló de cabezas y sombrillas que pronto desaparecieron por las bocacalles... Había en mí un deseo indomable de volver al beso materno que solía entibiar mi frente todas las mañanas."

Un poco más adelante, describe las puestas del sol en Paraná. Quizá sea injusto que esta ciudad no tenga enmarcada una página que despierte la ambición de acudir a conocerla a cualquier espíritu sensible.

"Esta ciudad ofrece perspectivas crepusculares de una atracción maravillosa. El Paraná, visto desde el alto, presenta ocasos de un empaste maravilloso. No puedes imaginarte los encantos de un sol poniente visto desde las alturas del paseo Urquiza. La calma augusta de la escena, la bruñida faz del río, las tonalidades del verde claro al verde negro de sus costas, la invasión del horizonte por mil riachos de los que emerge una tupida selva de verdura, la pequeña mar sembrada de goletas con sus paños tendidos; los campanarios de Santa Fe surgiendo como gigantescos penachos blancos; el viento ligero, perfumado y diáfano como el sol, grave como una majestuosa giba de fuego circundada por un fantástico océano de sangre próximo a desaparecer dejan en pos de sí la sensación indecible de la solemne armonía de las cosas abarcadas por el inmenso radio de la vista que las contempla. ¡El encanto de la puesta, querido Jorge! Pienso en ti, tus viajes, tus sueños, cuando tú, dentro de quince años, ya capitán, surques mares ignotos, y en extraños países sientas este vértigo de la belleza incomparable y real."

Podrían citarse muchas otras páginas. Un análisis menudo de Los estudiantes nos muestra una riqueza literaria sin par. Frase tras frase, los hallazgos son innumerables.

El capítulo "Trece o poco menos" (p. 51) es una de ellas. "Ese día yo estaba más buey que otros." Lo mismo la descripción de cómo organizan la vida de los estudiantes, en el cuarto (p. 715). "Se declaró bebida de azar el mate, jurisdicción del estómago el naipe; ejercicio de necesidad el paseo; acto de circunstancias el robo de artículos alimenticios."

Inolvidable es el baile en lo de las Bruno (p. 48). Aparecen "ideas que cruzan la pampa del cerebro" y en medio de todo tipo de atrocidades, como aquello de: "Para consuelo vi a Bragheta de tiros largos con una yorkshire atacada de 'esparganosis' que le reventaba el tocino por las jaretas", aparece la cuerda sentimental deliciosa y sobriamente apuntada:

"Mi soledad, poblada hasta entonces de grandes sueños hoscos y rebeldes, se pobló de sueños tiernos y consoladores que llenaron de encantos mi silvestre aislamiento. Al tomar en la mía su mano rosada que era una aurora, sentí que mi vida se ligaba a esta flor, y que mi corazón se rendía al fluido turbador que se escapaba de aquel ser calmado y bello. En la mendicidad de afectos en que vivía mi corazón, este estremecimiento delicado, esta alba de amor casi divina, abría un ciclo inesperado a mi alma... Nos dijimos pocas cosas. Pero tras del silencio ardían dos hogueras cuyas irradiaciones adivinábamos, yo en sus ojos ella en los míos. Consumimos deliciosamente las horas, ella apretando mi mano, yo la suya. Recitamos así, al ritmo de nuestros corazones, el poema irreferible de la primera emoción."

Dice Scanavecchia que el "poema de la primera emoción" es 'irreferible' y quizá sea cierto. Pero si alguien ha sido capaz de contarlo, no hay duda que Mercante lo ha logrado.

Su estilo es, dijimos, argentino. Es el castellano que manejamos en esta tierra. No es copia hispanófila o vergonzante de haber nacido en el Río de la Plata. Dice sin temores: "Yo no sé, 'che' lo que es la mujer". (p. 83). Usa limpiamente el 'che' rioplatense que nos ha inmortalizado en América, donde somos 'los che'.

Usa, a la vez, las voces mejores de nuestro idioma cervantino. No se trata, por ejemplo, de "llegar lenguitendido a los pies del bien amado" (p. 89) y aún se pueden mezclar los modismos provincianos más tradicionales, como cuando grita Cochon, "que no pudo contener el gusto": "¡A la miel le han puesto arrope!". Y aún puede el gran Scanavecchia tomarle el pelo a los estilistas de baja estrofa, quienes creen que escribir bien es ensamblar vocablos difíciles y armar trabazones complicadas.

Entonces advierte con buen humor e ironía (p. 98):

"Todo lo que interesa es el culteranismo de la frase. El fondo no importa... Evítense los sonsonetes, porque las terminaciones se relinchan y mechan el discurso con hiatos lucidos como el ala aleve, la hora de la aurora de oro, el ruido del horrísono torrente que ruge... Especie de adoquinado que hace de la composición, una calle real, si se la empiedra con mesura y sin colorinches."

En Los estudiantes, Víctor Mercante se revela como un notable escritor argentino y unos de los mejores del idioma castellano. Pero hay otras obras, casi completamente desconocidas, donde ha dejado páginas memorables que podrían forjar fama imperecedera para cualquier autor. Mencionaremos solamente sus recuerdos del día de la primera comunión en Una vida realizada o sus semblanzas biográficas de Maestros y educadores, en particular la conmovedora vida de José María Torres. Pero dejamos a propósito para el final, su brevísimo trabajo del tomo III de ese título, dedicada a Pablo Berutti, porque consideramos que es una obra maestra por la 'economicidad' con que llega al fondo de una personalidad notable, la ubica en su tiempo y en su ambiente, muestra el choque doloroso de aquel espíritu con su circunstancia, narra con sobriedad viril y pudorosa la amistad profunda de dos hombres y termina sin ocultar el fracaso y el dolor de una manera exquisita, que guardó siempre, para sí, el secreto de sus riquezas y nunca pudo desplegarlas en una entrega fecunda. Quizá Mercante supo comprender a Berutti porque en él mismo había mucho oculto, también, y a pesar de que realizó su vida y se entregó a una obra, han de haber quedado quizá ocultos los matices más delicados de su personalidad y las ambiciones sentidas en o más profundo de su corazón.


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Capítulo IV

Enfoque sociológico de la obra

Dijimos ya que Mercante fue un arquetipo. Efectivamente: su vida entera sirve como modelo, como ejemplo, claramente revelador de un fenómeno social característico de nuestro país, en un período de su historia. Empleamos aquí las palabras 'arquetipo', 'modelo' y 'ejemplo' en su significación primigenia, sin el carácter que habitualmente asumen y que las constituye por sí mismas en un juicio de valor laudatorio. Mercante, con seguridad, merece ese juicio de valor y esa alabanza, pero antes que ese aspecto de su existencia, nos interesa mostrar, objetivamente, lo que representa como tipo humano, arquetípico de una generación dentro de un contexto histórico determinado.

Ya en ocasiones anteriores nos hemos referido a la significación sociológica del normalismo, en la Argentina. En nuestro ensayo sobre ese tema, publicado en 1960 como síntesis de las exposiciones y cursillos dictados entre 1958 y 1959, sostuvimos que el normalismo constituye un fenómeno que presenta tres vertientes claramente discernibles, aunque también férreamente unidas: la pedagógica, la cultural y la social. No es posible ahora repetir aquí el desarrollo completo de ese estudio, pero es menester sintetizar sus ideas capitales.

Pedagógicamente, el normalismo significa la implantación de doctrinas teóricas, de realizaciones prácticas y de tendencias didácticas y metodológicas de relieve propio. Inspiradas filosóficamente en las posturas del positivismo, y políticamente en los ideales republicanos y democráticos liberales, la escuela pedagógica del normalismo bebió en las fuentes europeas de mayor arraigo y difusión de la época, floreció en la Argentina con modalidades propias, recreada por personalidades de valor singular y alcanzó, por fin, justa fama en el concierto universal. Víctor Mercante es, en este sentido, el nombre clave. Su figura constituye la culminación práctica y doctrinaria del normalismo argentino, y la Pedagogía positivista llegó con sus obras y sus lecciones al punto más alto de su trayectoria. Después de él, precisamente, pareciera haberse agotado ideológicamente la fecundidad del pensamiento que la sostenía y sólo tuvimos seguidores, o repetidores, algunos de excelentes intenciones y buena voluntad, pero ninguno de los quilates intelectuales de aquellos egresados del Paraná del siglo pasado que lucen con brillo merecido en la historia de la escuela y la Pedagogía nacional.

Culturalmente, el normalismo significa dos grandes pasos adelante: por un lado, es herramienta fundamental en la lucha contra el analfabetismo y la ignorancia, es el arma esencial con que los grandes ideales sarmientinos contarán para su realización. Pero, simultáneamente, el magisterio egresado de las escuelas normales vale culturalmente por sí mismo, como grupo humano elevado en su formación personal por encima del medio. Su obra de 'culturalización' se realiza, a la vez, por su tarea profesional propiamente dicha, en la escuela y en la comunidad, como derivación de la acción docente del aula, por su simple presencia en el seno de la sociedad. Los normalistas sirvieron a la elevación de la cultura nacional de ambas maneras, aún sin proponérselo, e inclusive se revela esta amplitud de resultados culturales, si hacemos un somero seguimiento de sus descendientes, puesto que en una gran cantidad de ocasiones sus hijos alcanzaron niveles universitarios o intelectuales superiores a los de sus padres. Nada raro es, en efecto, encontrar detrás de grandes figuras actuales de las letras, las ciencias, las artes, la magistratura o la política, un hogar donde el padre o la madre, o ambos, eran o son representantes de esa estirpe normalista. Finalmente, el normalismo fue en la Argentina la puerta que permitió, mucho antes que en otros países, el ascenso cultural de la mujer hasta el nivel de la enseñanza media, aporte cuya extraordinaria gravitación en la vida nacional aún no ha sido suficientemente valorado.

Este pensamiento lo resumimos en la breve contribución presentada en 1968 a las "Jornadas sobre formación de docentes en la Argentina", organizadas en ese año por la revista Cátedra y Vida, con el auspicio de la Asociación de ex alumnos de la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta. Tuvimos entonces ocasión de decir, según la transcripción hecha en el Nº 72 de esa revista:

"El magisterio primero y el profesorado después fueron en nuestro país un medio decisivo para la obtención de varios resultados..."

"Esos resultados fueron: la incorporación de la masa de la población a los rudimentos de la cultura mediante la tarea concreta de la escolarización elemental, la configuración de una 'élite' –constituida por ellos mismos– de alta formación cultural y cívico-patriótica, de extracción social diversa y múltiple, que es una de las razones que explican el rápido deterioro de los partidos políticos de carácter clasista; la facilidad con que se pudo difundir la enseñanza normal y media en muy breve lapso. La extraordinaria salida que representó esta profesión para un rapidísimo proceso de movilidad social, y la incorporación de la mujer a muy altos niveles de formación cultural".

Y en otro lugar expresamos:

"Profesión de clase media, de proletarios en ascenso o con aspiraciones de ascenso; meta de la pequeña burguesía antes de que esta se anime a dar el salto hacia la clase alta; hogar-refugio de intelectuales que no pudieron terminar una carrera o de artistas que no pudieron llegar a las cumbres, fue y es en todos los países de nuestra órbita occidental el ámbito propicio para uno de los estamentos sociales más firmes sobre los que reposa cada nación."

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"Detrás de muchas de las grandes figuras de nuestra patria, detrás de los hombres y mujeres que en los años recientes y en los actuales han ocupado y ocupan cargos relevantes en todos los órdenes, se encuentra, con extraordinaria frecuencia, un docente o un matrimonio de docentes que supo formar un hogar caracterizado por la decorosa medianía de su profesión, y en él educar a quienes habrían de continuar, hasta los niveles máximos, ese camino de ascenso y perfeccionamiento que ellos habían iniciado en las aulas de un instituto de profesorado o de una escuela normal".

Víctor Mercante ejemplifica a la perfección todo este proceso: hijo de padres cuya formación escolástica era insignificante, se convierte en maestro él mismo y forma un hogar cuyos descendientes son universitarios. Tres generaciones bastaron, contando la del matrimonio arribado a estas tierras con tan escaso bagaje de cultura escolar. Su hogar, por otra parte, ha sido también arquetípico en el sentido a que hacíamos referencia y hasta sus confesadas preocupaciones y ambiciones por poseer en propiedad la casa familiar, el terreno en el cual asentar el techo hogareño o afirmar un retiro en la vejez, no hacen sino pintar con claridad los caracteres de esta burguesía sólida, de virtudes firmes, plena de potencialidades creadoras, que no se agita en espasmos histéricos para hacer su obra pero que, ladrillo tras ladrillo, levanta la riqueza de un país, computada en obras concluidas, en hijos formados y con carreras realizadas. Capaces, eso sí, de la heroicidad cotidiana de la vida de cada día, esa que raramente pasa a la historia, pero que configura la trama sólida sobre la cual se puede hacer la historia grande, esa otra que narran los libros y cantan los poetas.

Finalmente, el normalismo tiene una profunda significación sociológica que también analizamos en los trabajos mencionados. Representa, en la Argentina, un fenómeno de brusca movilidad social, de intensidad y libertad de realización muy pocas veces igualado en nuestro país o en otras partes del mundo.

Y bien: ¿qué es Mercante sino el hijo de inmigrantes modestos, de escasísimas posibilidades económicas pero de firmes y elevadas ambiciones culturales y formativas para sus hijos? También en esto la figura de Mercante es arquetípica, y si algo faltara para demostrarlo, se lo ve bien claro en unas pocas pinceladas de sus recuerdos autobiográficos en Una vida realizada. En la página 57 narra su situación al retornar del interregno italiano de tres años, cuando contaba ya diez de edad:

"No bien se iniciaron las clases fui inscripto en el segundo grado, porque poseía mal el castellano. (No olvidemos este detalle: poseía mal el castellano). Mi conducta y aplicación sedujeron tanto a mi maestro Bernardo Moretti, joven entonces de 26 años, poseído de nobles entusiasmos por la enseñanza, que fui el alumno favorito por su cariño, ese cariño que debía encender tantos deseos al iluminar el cariño de mi vida ulterior. Fui digno de su amparo; durante los cuatro años ocupé el primer puesto entre los de mi clase, premiado con la medalla de oro..."

El caso está claro. El hijo mayor de un matrimonio inmigrante que se debate en la pobreza, brilla por su talento en la escuela de primeras letras alzada en la campaña bonaerense, por imperio de las leyes dictadas por una política educativa sostenida en ideales republicanos. Se encuentra con un joven maestro iluminado por fervores sarmientinos, pestalozzianos, tolstoianos, aunque no podemos dar fe de que conociera ni las obras de Sarmiento, ni las de Pestalozzi ni las de Tolstoi. Descubre la llama que late en el niño, en el hijo de italianos que están luchando por la América no tan cruel episodio. Su pequeña fortuna, el total de los bienes que poseía en el valle Ligur, incluyendo el monto formado en común con la dote de la esposa, lo ha perdido en manos de asaltantes que lo despojaron violentamente, cuando acudía a ver una chacra que pensaba comprar a buen precio por la zona norte de Capital.

Se han debido afincar, 'con lo puesto', otra vez en Merlo. Han trabajado honrada y duramente, pero apenas si cuentan para un vivir cotidiano modesto. Las esperanzas para ese hijo mayor oscilan entre la carrera del mar –navegante como tantos hijos de Italia– o la del ferroviario, maquinista de este nuevo Prometeo que surca los campos sobre vías de hierro.

Pero un día, don Bernardo le dice a los padres que el gobierno de la provincia ofrece unas becas para la Escuela Normal del Paraná. Él lo preparará. El muchacho es inteligente. La madre ve abierto un camino y en la intimidad de su espíritu se agitan, esperanzados, los recuerdos de sus parientes médicos, farmacéuticos, músicos. El padre accede. El adolescente de quince años conquista la beca. No hubiera podido estudiar sin ella. "Me concedieron la beca –contará más tarde– que llenó de júbilo a mi pobre hogar, abriendo la puerta de la esperanza, que creíamos cerrada para siempre."

Luego, la lucha. Es pobre, es humilde. No tiene fortuna material, ni relaciones, ni protectores. Sus padres nada pueden darle más que su bendición. Llega a Paraná solo. "Solo" se titula el capítulo inicial de Los estudiantes. Es el 'hombre nuevo' ante el cual se abre la patria americana, la sociedad desconocida. En provincias, en el interior litoraleño en la ex capital de la Confederación Argentina, en los pagos de Ramírez y de Urquiza, en la tierra misma donde todavía está fresca la sangre de los últimos temblores de las luchas fratricidas, Víctor Mercante, hijo de Antonio y Filomena Lombardi, gracias a una beca instituida por el Estado para formar maestros que ilustrarán al pueblo comienza la aventura. Como él cientos hicieron lo mismo. No todos triunfaron. Muchos quedaron en el camino. Otros lo recorrieron mediocremente. Asombra, sin embargo, saber cuántos lo completaron triunfalmente y a la vuelta de unos pocos años sus apellidos, trasmitidos a hijos argentinos brillaban en la sociedad nacional como empresarios, como políticos como gobernantes, como artistas, como científicos.

En Los estudiantes, el pudor de Mercante, oculto tras la máscara de Federico Scanavecchia, encuentra una salida y deja paso a abundantes muestras de este fenómeno sociológico. La soledad, el escaso relieve con que se presenta ante el grupo escolar y sus maestros, la voluntad firme, la ambición decidida, el éxito en el empeño: todo queda claramente revelado a lo largo de estas páginas memorables. Y si algo faltara para confirmar el auténtico tono autobiográfico de Los estudiantes, ahí está el cotejo que fácilmente puede hacerse con Una vida realizada y que demuestra que el protagonista del primero es el mismo del segundo.

Ya hemos citado el principio: "En el Pingo llegué al Paraná una mañana del mes de abril... Me dirigí la palabra. ¡Solo!... ¿Qué serás? En este momento eres nada; no puedes comenzar bajo mejores auspicios..."

Observemos las frases: "En este momento eres nada". Es verdad: el hijo del inmigrante es nada cuando comienza la labrarse su destino. Su apellido nada significa en esta tierra; sus blasones familiares, sean los que fueren, no se conocen; sus parientes no cuentan; riquezas no tiene; sus padres no pueden apoyarlo más que en el afecto, a veces en un sustento humilde, y casi siempre en una sana formación moral. Pero escuchemos la audaz ironía, la orgullosa reflexión que sigue: "No puedes comenzar bajo mejores auspicios..." Porque en esa pobreza halla su fuerza, su estímulo, el acicate de quien sabe lo que vale, lo que quiere, lo que es y lo que será. "Serás lo que debes ser o no serás nada": el lema sanmartiniano se habrá de cumplir una vez más.

Las referencias a las dificultades del primer momento y a la lucha entablada para superarlas abundan.

"Seguramente, los profesores comentaron más de una vez mi estupidez y más de una vez analizaron socarronamente, el aspecto hirsuto de mi silvestre persona" (p. 48). Un día, la catástrofe: en clase de historia, dice una colección de disparates y gana fama tremenda ante compañeros y docentes. Sigue la decisión firme de recuperar el prestigio y de vencer a esa masa que ahora lo desprecia. Pero Mercante no es un resentido y Scanavecchia narra con humor de impagable estilo el Decálogo que se confecciona para cumplir su propósito. Visita a los compañeros que viven agrupados en 'tribus', tal como confirma Sara Figueroa en su obra Escuela Normal de Paraná. Datos históricos, editada en esa ciudad, en 1934 y en la cual se encuentran asimismo confirmados numerosos episodios, anécdotas y modalidades estudiantiles narrados por Scanavecchia. Mercante piensa en sí mismo: "Los codos sobre las rodillas y las mejillas entre las manos, hice el análisis de mi propia persona..."

Y siguen, a lo largo del libro, un sinfín de expresiones reveladoras de este hacerse lentamente, desde la soledad y la nada hasta alcanzar la posición ambicionada.

Al terminar primer año...

"leí, estirando el cuello como una jirafa, mis clasificaciones en el cuadro, ocupando el décimo octavo lugar. Luego... cincuenta y dos eran más imbéciles que yo ...luego, mis esfuerzos borrando un pasado de ingrata memoria, vencían a porfía la tenacidad de los profesores que un error de análisis confabuló contra mí; luego, 'no era aquel un mundo impenetrable para los que desde la aldea venían buscando luz..." (p. 66)

El capítulo II comienza de otra manera: "Vida Nueva" se titula. "Mi vida paranaense recomenzaba bajo otros auspicios. No era desconocido..." (p.73). Tengamos presente esta expresión, porque apenas cuatro años después, o sea cuando inmediatamente de recibirse lo designan en la Escuela Normal de San Juan, sus contactos y relaciones –logrados por sí mismo en un ambiente hasta entonces totalmente nuevo– lo llevan a ser diputado provincial a los veintidós años. El hijo del inmigrante, que "manejaba mal el castellano" a los diez años, que pudo ser maestro sólo gracias a una beca del gobierno, es representante del pueblo doce años más tarde. Pudo haber seguido en política, y otros, como él y quizá con menos talento, llegaron muy alto en ese rumbo. Aquí también se revela el arquetipo de un fenómeno social y político típicamente argentino y característico del normalismo.

Los estudiantes de la Escuela Normal no tenían acceso a las casas de las mejores familias de Paraná. Pero la sociedad argentina de la época no estaba estratificada en complicadas clases sociales ni regida por pautas de figuración o status, como las que en la época presente suelen servir nada más que para ponernos a todos un tanto en ridículo o para empujarnos a un consumo de 'símbolos' que estropean nuestra vida familiar en muchas de sus más nobles manifestaciones. Como la que después pintó Mercante en la magnífica semblanza de Pablo Berutti, o sea la sociedad tradicional de San Juan –donde él encontró la compañera definitiva– la de Paraná supo abrirle sus salones lentamente y recibirlo en sus casas. Pero estos muchachos, parecidos a la estudiantina de todos los tiempos, debían a menudo conformarse con mirar de lejos las residencias que ofrecían fiestas elegantes y satisfacer sus ansias de diversión con menores pretensiones.

La pobreza generalizada se advierte en todas las páginas y en la descripción de las formas de vida adoptadas por las 'tribus'. En Los estudiantes está contada la artimaña usada para alumbrarse las lecciones nocturnas a expensas del combustible de los faroles de la plaza, que también narra Sara Figueroa en su obra mencionada. Y también está descripto el ardid de que se vale Mercante –cuya pasión por la música ha sido quizá la veta más honda de su espíritu– para asistir a la ópera sin abonar entrada, lo que asimismo confirma Sara Figueroa.

Hay algo más que define a Mercante como un ejemplo particularmente claro de la asimilación que nuestro país logró hacer de los hijos de los inmigrantes. En él se advierte la fuerza telúrica del paisaje pampeano, la sugestión de la llanura infinitamente extendida sobre su alma sensible, y finalmente, su ligazón más completa con el suelo donde vio la luz, a pesar, todavía, en su caso, del viaje que entre los siete y los diez años lo lleva a permanecer en medio del ámbito en el que por generaciones sus antecesores habían vivido. En él luchan casi como en un ejemplo apto para una clase de Derecho, el ius solis y el ius sanguinis y contra todas las previsiones, contra todas las deducciones que pudieran hacerse derivadas de apreciaciones empíricas de carácter social, triunfa el primero y Mercante termina siendo, sintiéndose y declarándose, argentino. El paisaje de Merlo, de sus años primeros, no ha de borrársele jamás y cuando arriba a los valles ligures, tan ricos en bellezas de todo tipo, y tan densos en historia, en costumbres, en leyendas, extraña, sin embargo, la vastedad de la llanura, de sus pastos, de sus aguadas, de su primitivismo, de su naturaleza apenas surcada por el hombre. Siente la emoción profunda que embargó a Sarmiento cuando, adelantado del Ejército Grande, descubre las extensiones que se abren más allá del Arroyo del Medio. Sus ojos y su espíritu no pueden, ya olvidar el desierto y su alma se ha llenado, para siempre, con la lejanía que otea el hombre de la llanura. Lo dice él mismo en Una vida realizada: "Allá en Merlo, veía muy lejos; aquí la sierra se levantaba como una pared de una prisión' (p. 31).

En las últimas páginas de esa obra, desdichadamente interrumpida por la muerte, se explaya con franqueza sobre la imposibilidad de anudar lazos con la parentela que había quedado en la península y sobre la decisión tácita de ser como fundadores de una estirpe:'... Desligados de la madre patria, nos consagramos a forjar el nuevo hogar, el hogar argentino, como si nuestro nombre viniera por primera vez al mundo..." (p. 157). ¡Como si nuestro nombre viniera por primera vez al mundo! ¡Y qué bien sabe lo duro –y lo maravilloso– de intentar aventura semejante este hombre hecho sobre aquel adolescente, casi un niño, que llegó 'solo', sin amigos, sin recursos, sin mentores, al Paraná tradicional y heroico de la Confederación y conquistó un nombre que, sin duda, brilla en el firmamento de la República como uno de los más altos formados en esta ciudad! ¡Como si nuestro nombre viniera por primera vez al mundo! Hay en esa expresión mucho orgullo, por cierto: del sano, del noble, del auténtico. Y satisfacción por la vida lanzada desde el principio sin tutores, en el mundo nuevo. Arquetipo, sí, de los descendientes de inmigrantes, Víctor Mercante es, por eso, uno de los arquetipos argentinos.


Addenda

DON BERNARDO MORETTI

Por una feliz casualidad, he podido hallar unos pocos datos y –lo más importante– una hermosa fotografía de don Bernardo Moretti, el recordado maestro a quien Federico Scanavecchia dedica su obra, según descubre sagaz y eruditamente Amaro Villanueva, en el estudio crítico introductorio de la Edición Hachette (en la Colección El pasado argentino dirigida por Gregorio Wainberg y que es la que hemos seguido).

La casualidad surge del hecho de que mi domicilio actual se encuentra en la localidad de Ituzaingó, última población del vasto partido bonaerense de Morón, que linda precisamente con el de Merlo. Por intermedio de mi esposa, vinculada a una escuela de Ituzaingó, tuve noticia y trabé relación con un antiguo poblador consagrado a estudios sobre el pasado de Morón. Lo interrogué sobre la posible existencia de alguna obra relativa a la historia de Merlo, y tuvo la amabilidad de conseguirme de inmediato, en la propia casa del autor, uno de los últimos ejemplares de Historia de Merlo, de Jacinto Rodríguez Aráuz, editada en 1950. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, recorriendo sus páginas, encuentro en una de ellas (capítulo V, p. 156) un espléndido retrato del venerado maestro de Mercante, con este epígrafe: "Don Bernardo Moretti, que llegó a nuestro país en 1870 –había nacido en Italia el 4 de febrero de 1854– comenzó a trabajar con Bartolito Mitre actuando con él durante la epidemia de la fiebre amarilla. Radicado en Merlo al año siguiente se empleó en el comercio de don Tomás Bergallo, sin abandonar sus estudios. Su diploma de 'preceptor de escuelas' está firmado por Domingo Faustino Sarmiento. Siendo director de la Escuela Nº 1, sobresalió por su actividad e inteligencia, y en 1884 ingresó al F. C. de la Provincia, luego F. C. Oeste, obteniendo la jubilación después de 36 años de servicios. Fue socio fundador de la Sociedad Italiana de Merlo y falleció el 11 de junio de 1937."

En los libros municipales de Merlo –sigue diciendo la obra citada– se cuenta que en 1875 se concedió autorización a Bernardo Moretti y Domingo Fontana para establecer una escuela. En la misma página se cita a Víctor Mercante y a Francisco Brunet como hijos dilectos de Merlo y se recuerda que Moretti fue el director de la escuela de varones entre 1876 y 1885.

Mercante ha nacido en el 70; a los diez años regresa de Italia. En Merlo, lo toma Moretti bajo su protección de maestro, con diploma de 'preceptor de escuelas firmadas por Sarmiento', cuando tiene –pues estamos en 1880– 26 años de edad. Este hombre es quien orienta a Mercante y lo prepara para la beca, después de haber hablado a los padres. Es el maestro de escuela del pueblo que sabe –más que enseñar– descubrir talentos y ponerlos en la ruta del aprendizaje permanente.

A este hombre supo rendirle homenaje inmortal su discípulo aunque detrás del rostro de Federico Scanavecchia, que, como veremos, le ha servido para librar a la luz sus sentimientos más sinceros. Rindamos también nosotros idéntico homenaje y permítaseme formular votos porque alguna vez en esta casa secular e ilustre de la Escuela Normal del Paraná, en algún rincón sin pretensiones quizá al frente de algún aula de los primeros grados, se exhiba el retrato de don Bernardo Moretti con una leyenda que diga, apenas algo así como: "Fue el maestro de Mercante. A él se debe que este pedagogo ilustre, honra del normalismo argentino, haya llegado un día a la Escuela del Paraná".


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Capítulo V

Enfoque pedagógico

Llegamos ahora al aspecto más notable, por lo insólito, que surge de las páginas de Los estudiantes. Insólito, decimos, porque si bien asombra que Víctor Mercante se revele como un notable estilista y un escritor excepcional, o como un humorista comparable con Fray Mocho, mucho menos previsible resulta comprobar la tremenda ironía con que sabe tomarle el pelo a la metodología engolada, propia de los maestros mediocres. El pedagogo ilustre, el fundador de la Facultad de Ciencias de la Educación, el director de Archivos, el gran director de la Escuela Normal de Mercedes se ríe honestamente de las pedanterías infatuadas de quienes creen que todo lo entienden y todo lo dominan.

¿Hay contradicción entonces entre Víctor Mercante y Federico Scanavecchia? ¿Hubo doblez en el espíritu de este hombre excepcional? Estamos seguros que no. La lectura de Los estudiantes es para nosotros la confirmación más acabada que pudiéramos haber imaginado jamás de la hipótesis que habíamos arriesgado en nuestro ensayo sobre El normalismo elaborado hace alrededor de diez años.*

Sosteníamos allí, que el positivismo pedagógico argentino –sustento doctrinario en lo filosófico y en lo metodológico del normalismo– había logrado una gran altura en sus elaboraciones teóricas y en sus postulaciones didácticas. Pero, seguíamos afirmando pasada la época que podría llamarse ‘edad de oro’ del positivismo pedagógico, o sea cuando lentamente, van concluyendo su ciclo vital los hombres de mayor valor que egresan de Paraná y de otras escuelas normales, hasta principios de este siglo, aproximadamente, esas elaboraciones y esas postulaciones caen poco a poco en el camino de las repeticiones de segunda mano, pierden su hondura, quedan apenas en formalismos vacíos y comienzan a ser nada más que apoyos sobre los que se afirman espíritus de menguado valor intelectual y escaso o ningún valor creador. Lo que fue avance se convierte, primero, en inercia; luego en conservatismo y finalmente en reacción.

El método, la didáctica positivista fundada en Herbart, en los principios del cientificismo y el experimentalismo, se transforma, cuando ya entra la tercera década del siglo XX en ‘metodismo’, es decir, caricatura o máscara inauténtica del método. Es el pecado de quienes ven en todas las conquistas y adelantos pedagógicos, solamente las formas exteriores y no advierten que su esencia se encuentra en la profundidad de las doctrinas que los sustentan, a su vez, surgidas de conocimientos y conceptos de carácter filosófico y científico que es indispensable alcanzar en sus líneas básicas, al menos, para captar precisamente el fondo de aquellas conquistas o aquellos adelantos.

Ha pasado siempre. Ocurre hoy mismo con quienes afirman aplicar o seguir vías renovables de acción docente y se limitan –a veces sin saberlo, a veces con plena conciencia de su actitud deshonesta– a exteriorizar formas nuevas, pero no alteran la línea interior que siempre siguieron. Ocasiones hay, en que estos seguidores de doctrinas, se convierten en sus peores enemigos, porque las desprestigian, o las empobrecen, y no faltan quienes las ponen en ridículo. Así sucede hoy con los docentes o las instituciones escolásticas que declaran enseñar matemática moderna, pero siguen pidiendo a los alumnos definiciones memorísticas o enseñando a resolver operaciones o problemas mediante mecanismos fijados con artificios mnemotécnicos, sin entender que la novedad radical de la matemática moderna estriba en una postura didáctica que lleve al alumno a comprender racionalmente lo que hace y jamás a fijar hábitos operatorios o mecanismos de resolución.

Los grandes creadores o renovadores pedagógicos han visto empobrecidos casi siempre sus doctrinas o procedimientos por sus seguidores o discípulos, quienes, además, en la mayor parte de los casos, cometen otro grave pecado: se convierten en una especie de adoradores de la doctrina o metodología de que se trate; pasan en poco tiempo a sentirse defensores de una causa sagrada y terminan transformando en mito intocable, lo que en última instancia no es sino una etapa histórica, dentro de un proceso evolutivo del saber y del quehacer humano. Los creadores iniciales ¡jamás caerían en ese error! porque son los primeros en tener conciencia de la posibilidad de introducir cambios en sus propias doctrinas. Y, precisamente, por su capacidad mental y su altura espiritual, entienden que los aspectos formales y las apariencias exteriores son lo menos importante.

En nuestro ensayo mencionado, afirmábamos que Víctor Mercante era un ejemplo cabal de todo este fenómeno. Citábamos allí párrafos de su Metodología como típicamente representativos de los esquemas metodológicos del normalismo, o del positivismo pedagógico, y textualmente decíamos:

“Sería formidable transcribir lo tratado a partir de la página 112, sobre enseñanza de la química, donde transcribe una ‘lección modelo’ sobre el ‘hidrógeno’. Es la combinación perfecta del racionalismo cartesiano aplicado al método experimental de Bacon, y para la enseñanza propiamente dicha una forma interrogativa calcada de los diálogos socráticos. En una palabra: el ideal de un normalista, o mejor dicho, de un profesor de didáctica actual, de una Profesora de práctica de la enseñanza o de un maestro de escuela normal que siempre se desesperan porque sus alumnos en las clases no responden exactamente como en los ‘planes de clase’ se ha escrito que debían contestar. Veamos el principio de la clase: “Maestro: hoy vamos a hablar del hidrógeno. ¿Recuerdas qué significa este nombre? Alumno: deriva del griego y significa generador del agua (¡oh!, desesperación de practicantes cuando ‘el alumno’ no recuerda la noción anterior con la cual se debe introducir el tema o lograr la motivación psicológica). Maestro: En efecto, se lo puede separar del agua, de la que es uno de sus componentes. ¿Podrás decirme cuáles son los otros? Alumno: me parece que usted dijo, alguna vez, el oxígeno...” y así hasta el final.”

Y a continuación añadíamos:

“Todo este mundo pedagógico tuvo su esplendor magnífico, pero vive hoy una decadencia parecida a la de los grandes imperios de la antigüedad. La mayor parte de las concepciones pedagógicas están signadas a través de la historia, por un destino similar: desaparecidos los grandes creadores que las han dado a conocer, que las impulsan, les dan vida, las sostienen y las glorifican con el genio de su acción personal, suelen caer luego, en manos de seguidores y discípulos, en la rutina, en el esquematismo, en la frialdad de las reglamentaciones o de los métodos aplicados sin la chispa original del genio. Así sucedió con los famosos ‘principios pestalozzianos’. Su creador –o mejor dicho, su inspirador, ya que fueron sus discípulos los que los formulares expresamente– no los aplicaba porque siguiera un decálogo formulado previamente. Simplemente, los ‘vivía’ en su acción docente, quizás sin haberse detenido nunca a meditar sobre ellos.”

“Lo mismo que con Pestalozzi y sus principios ha sucedido siempre con otros renovadores pedagógicos: con Montessori y su método para jardines de infantes, por ejemplo; con Dewey y sus principios generales; con Tolstoi –o su seguidor argentino: Vergara– y sus concepciones libertarias; con Herbart; y también, por supuesto, con los grandes pedagogos argentinos del positivismo y del racionalismo.

Los autores que hemos citado –José María Torres, Víctor Mercante– y tantos otros, fueron en verdad ‘creadores’, tuvieron la chispa vocacional que protege de la rutina, del esquematismo, de la estrechez mental. Ellos mismos en sus obras previenen contra quienes toman todo al pie de la letra y considerada casi como preceptos religiosos las que no son más que grandes líneas generales de acción. Mercante, cuando transcribe los modelos de lecciones que nosotros hemos comentado –quizás con cierta ironía no dirigida al mismo Mercante justamente– concibe perfectamente que ello no es más que eso, precisamente: un modelo, un ejemplo, un ‘ideal’ de lección, ‘nunca una lección real, viva auténtica’ José María Torres previene expresamente en más de una ocasión contra los excesos de rigorismo metodológico.”

Pues bien: años después de haber escrito ese ensayo, cae en nuestras manos Los estudiantes de Federico Scanavecchia y encontramos que Mercante, con ironía estupenda, con humor sajón, con estilo impecable, es el primero en reírse de quienes hacen de esa metodología un mito, de quienes creen que las clases modelos se dan en la realidad como él las pinta en sus textos de Metodología y de quienes suponen que basta repetir lecciones de Didáctica para ser un buen maestro. En una palabra: el gran pedagogo argentino, la figura cumbre de nuestro positivismo pedagógico, el autor de La crisis de la pubertad y de los dos tomos famosos de Metodología, obra que durante un cuarto de siglo orientó las cátedras de Didáctica de las escuelas normales argentinas, muestra, a través de Scanavecchia, la faz risible y errónea de un formalismo metodológico superficialmente entendido o tomado al pie de la letra.

Porque, en verdad, si alguien quisiera tomar con sentido del humor a una clase modelo, de esas mismas que pinta Mercante en su metodología, no podría, seguramente, hacerlo mejor que Mercante-Scanavecchia a través de la página que no titubeamos en destacar como una pequeña obra maestra de la literatura Una lección modelo (pp. 102/107). Solamente mediante su transcripción completa puede apreciarse si exageramos. Desde las falsas citas de tomos de Pedagogía, hasta las intercalaciones disparatadas de latinismos, todo rezuma gracia y desenfado sólo posible en los genios auténticos. A través de su Metodología, Mercante revela que ha sido un gran pedagogo americano y uno de los grandes de su época. Pero a través de esta página revela que fue un espíritu de excepción.

Scanavecchia ilustra sobre las ilusiones del prácticamente aferrado a su plancito.

“Llegó el día, la hora y el momento. Cuarenta infantes formaron en dos filas dispuestos a molestar.” Scanavecchia-Mercante no es el declamador de palabras huecas en tono de niñitos angelicales, blanda arcilla en las manos del maestro. Este hombre de ciencia, que los ha estudiado según las reglas más ortodoxas de la psicología cientificista de principios de siglo, sabe bien con qué bueyes ara el maestrito que los enfrenta armado de su metodología.

“Se necesitaron cinco minutos de voces destempladas y el concurso de la regente para ordenar aquel resumen de la humanidad en período belicoso. Por los cuadernos de sus 39 compañeros corría el lápiz de la crítica que era una temeridad.” El diálogo con los pequeños es encantador. El autor de las ‘lecciones-modelo’ de la Metodología sabe que esas lecciones son sólo un ideal, una norma de acción, una meta por alcanzar, la línea teórica –en el más alto sentido de la palabra teoría– que debe apoyar la acción. Y Scanavecchia sabe que la realidad marcha agazapada por debajo, con sus rostros cambiantes y sorpresivos y que esa línea doctrinaria es el hilo interior de la clase que debe mantener tenso el maestro en su espíritu, pero que nunca podrá ser la exteriorización manifiesta a través de las voces y las respuestas imprevisibles de 30 ó 40 muchachitos ‘en período belicoso’.

“Bueno, no hables. ¿Con qué vuelan los pajaritos?
“Yo, señor, yo, señor.
“¡No digan yo, señor! ¿Con qué vuelan los pajaritos? ¿Berduc?
“Con las alas.
“¿Con qué, Conrado?
“Con las alas. El chimango se come los pollitos.
“No se salga de la baraja... ¡Mire, Chapenco! En cuanto vuelva a tirar el pelo, lo zumbo afuera...”

Y llega el final: “Pin, pin... Eran los treinta minutos, con sorpresa del prácticamente que no había sino comenzado... La crítica fue despiadada... El lunes circulaba por el curso una caricatura en la que Bragheta mostraba el ala de la lechuza, con esta leyenda al pie: “No hay que matar a los pajaritos. Circule.”

Este enfoque del aspecto pedagógico de Los estudiantes, o sea la otra cara de la moneda, esa que Mercante no se atrevió nunca –no por deshonestidad intelectual, como veremos luego, sino por timidez y por formación metodológica– a mostrar y que, escudado tras Scanavecchia, expuso tan magníficamente, aparece a lo largo del libro reiteradamente y siempre, con pinceladas de alto vuelo, por la profundidad, el estilo y el humor.

En Maestros y Educadores, Mercante ha dejado una buena semblanza de su maestro Pedro Scalabrini, aquél a quien le debe el encauzamiento doctrinario filosófico por el cual transitó su vida entera. Lo recuerda también en sus apuntes autobiográficos, y en página inolvidable cuenta cómo a Scalabrini debe el contacto primero con Fuerza y materia, de Buchner: “su lectura –dice– fue una revelación devoradora”. Pero Scanavecchia, dejando correr la veta del humor, despojado de la seriedad y de la rigidez de principios con que guió su conducta Mercante, consigue pintarlo magistralmente con unas pocas palabras que sonrían irreverentes si no mostraran, en cambio, la calidad suprema de quien dice todo con tres vocablos: “Libre cambista en la obra del pensamiento” lo define.

Sigue narrando con humor y economía sus bases filosófico-pedagógicas fundamentales.

“Yo regularicé mis horas... una ración por día de Buchner para curar de la encefalitis bíblica...” E inmediatamente, en cuatro líneas, dibuja impecablemente la escena en la cual un profesor da su mejor clase con displicencia clásica y un discípulo ávido, capta al vuelo la semilla lanzada, la recoge y la fecunda: “Lean a Buchner –dijo un día–, es un buen librito. ¿Quién? Preguntó la turba destinada a ser guijarro. ¡Buchner! B, u, ch, n, e, r. Fuerza y materia. Un buen libro. ¡Lean y vayan con Dios! Y yo leí. Una lectura apasionada, felina. Lectura digerida equivale a cien lecciones de nuestra educación homeopática”.

Antes de terminar el volumen, Scanavecchia coincide con Gentile, el filósofo italiano campeón del antimetodismo, el de la cruzada antipositivista. Es que uno y otro se encuentran allá en las cumbres adonde no llegan los seguidores de los maestros. Se trata ahora, de dar una ‘clase con experimentos’. El maestro procura explicar las bases del razonamiento y pregunta: “¿Comprendéis?” Y los chicos, obsesionados solamente por ver lo que va a pasar.– “Sí señor; haga, a ver.” Se preocupan por saber si ‘puede reventar’. Al fin, el experimento está por consumarse.

“Aproximó un fósforo al tubo de escape y ¡pum! El estallido mandó a Chistera bajo la mesa, al techo el tapón y de espaldas a muchos alumnos atropellados en la disparada... El fiero cogió una botella de soda, introdujo algunas tachuelas, agua, diez centavos de ácido, un corcho, tubo y antes de un minuto mostraba una llama de media cuarta a sus compañeros estupefactos. Nada más fácil que hacer hidrógeno.”

La capacidad mental y el saber auténtico había vencido a la ortodoxia pedagógica. Mercante no necesitaba que Gentile le advirtiera de esa realidad: Scanavecchia lo sabía de sobra.

Idéntica tendencia se revela en la tremenda diatriba que destina a los libros de lectura ñoños y alambicados, cargosos por pueriles y mediocres. “Hay libros calamitosos como las épocas de sequía.” Y sigue una crítica despiadada sobre algunas obras de esa naturaleza. Mercante fue fiel a Scanavecchia, porque cuando escribe un libro de lectura, hace una obrita de elogiable sobriedad de digna orientación didáctica y deja un modelo que desearíamos ver repetirse hoy.

Termina con un discurso en el cual resplandece una de las características de los grandes hombres: la bondad y la emoción disimuladas bajo una dulce ironía y un humor que no es sino defensa de los sentimientos más hondos, aquellos que duelen tanto que se prefiere, a menudo, mostrarlos como si fueran cosa de poca monta para evitar que otros descubran la inmensidad del valor que para sí mismo tienen.

“Con el nombre vulgar de maestro es conocido en el país el magister levitorum a causa de su traje raído, onomatopéyico casi, que imita, en cadencia, a los cuatro ritmos del necesitado: paciencia, filosofía, templanza y dignidad... “Y brinda: ‘Brindo, pues, por Pestalozzi, honra y prez de nuestro gremio, de quien conviene divulgar sus ideas y no su retrato porque exagera la fealdad’.”

*Editado en 1960 por la Comisión Permanente de Educación media en la imprenta escolar (rotaprint) del Instituto Industrial Huergo (Chacabuco 629, Buenos Aires).


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Capítulo VI

El estudio que en las páginas precedentes hemos esbozado sobre un Mercante poco conocido revela, a nuestro entender, que esta figura de la vida argentina espera todavía la investigación exhaustiva e integral, que ponga, a plena luz, todos sus méritos y descubra la profundidad y trascendencia de su obra. Al plantear los esquemas iniciales del trabajo, tuvimos la intuición de que estábamos en presencia de una personalidad de la cual la posteridad sólo había captado una parte, apenas, de la enorme riqueza que atesoraba. Con el objeto de ahondar un poco más en el autor de libro del que pensábamos ocuparnos, comenzamos a hojear su vasta producción bibliográfica y fue entonces que dimos principio a una serie de novedades que, creemos, son prácticamente ignoradas por una inmensa mayoría. Porque, en efecto, al lado de los volúmenes de carácter pedagógico propiamente dicho, aparecieron otros reveladores de una capacidad polifacética de excepción, como por ejemplo sus dramas líricos, escritos en italiano y en español, entre los cuales se cuenta Ollantai, de 1920 –o sea, si no yerro, antes que Ricardo Rojas diera su libro homónimo– sobre la base de leyendas incaicas muy bien documentadas, que necesariamente han exigido estudios hondos y largos sobre esa civilización. Luego, están sus tres tomos de Maestros y educadores, semblanzas biográficas, claramente demostrativas de sus orientaciones, y preferencias en cuestiones políticas, literarias y pedagógicas. Basta enumerar los hombres a los que dedica esas semblanzas para iluminar la figura del autor: Bartolomé Mitre, Florentino Ameghino, José Ingenieros, Manuel Belgrano, J. M. Fernández Agüero, Marcos Sastre, Pedro Scalabrini, Joaquín V. González, Juan Vucetich, Pestalozzi, José Gall, Esteban Echeverría, José María Torres, Juana Manso, Raúl Legout, Pablo Berutti, José B. Zubiaur y Amado Nervo.

No se puede dejar de señalar que el primer tomo se abre con un ensayo sobre “La inmortalidad” donde Mercante nos recuerda a Anatóle France, porque, como el notable autor galo, poseía un profundo amor y conocimiento de la antigüedad helénica, a la que admiraba y, sobre todo, comprendía. Ahí se revela también la posición metafísica de Mercante, creyente en última instancia en una fuerza y realidad espiritual trascendente, por lo cual puede admitirse la discusión sobre su ortodoxia positivista, tal como –por ejemplo– se produce entre Julio del C. Moreno, el profesor Modesto T. Leites y el doctor Alfredo Franceschi.

Dos títulos, en particular, exigen unas pocas palabras. La semblanza de Pablo Berutti –ya lo hemos adelantado– es una obra maestra. Creemos muy difícil encontrar ejemplos de autores argentinos que la iguales, por la profundidad con que pinta un ambiente y un personaje mediante tan pocas líneas. La biografía de José María Torres es otra revelación. Ahora sabemos que la Argentina tiene una deuda de honor con este nombre que luce en el frontispicio de la Escuela Normal de Paraná. Está por hacerse todavía la biografía definitiva de su figura de excepción, a la que la República le debe la organización de su enseñanza secundaria y normal y buena parte de la doctrina pedagógica que durante el siglo pasado permitió poner en práctica una política educativa, hasta hoy no superada y ni siquiera igualada.

Mercante lo afirma, terminante: “Todo maestro argentino tiene con José M. Torres una deuda de gratitud que es sagrada”, y añade: “El deber, aun tullido y mudo, me hubiera arrastrado al pie del bronce cincelado por Zouza Briano”, dije en mi conferencia al descubrirse el busto en la Escuela Normal N° 7 (p. 66)

Más adelante (p. 83) recuerda que Torres fue el “gran consultor” de Sarmiento y Avellaneda, y sostiene esta afirmación que exige meditar en la trascendencia de una labor no valorada en su justa medida: “Desde 1868 hasta 1880 (ya había recorrido las provincias) ningún plan, resolución o decreto sobre enseñanza fue refrendado por el ministro sin el soplo inspirador de Torres.”

Y termina con este párrafo que no está dictado por la gratitud del discípulo sino por el sentimiento de justicia más estricto:

“La historia, que recoge solícita el recuerdo de los que caen con ruido en los campos de batalla, pocas veces tiene un sitio en sus páginas para guardar los nombres de los que luchan y sucumben silenciosamente en el recinto de la escuela. Confiemos, señores, en que sobre la losa que cierra la tumba de José María Torres no ha de confirmarse esa amarga ley de silencio y olvido. Confiemos en que la gratitud de sus discípulos y la justicia póstuma del pueblo, juntarán su óbolo para fundir el bronce inmortal que perpetúe la gloria del maestro. Tales son los rasgos salientes del que fue nuestro primer inspector general de colegios y escuelas y creara el arquetipo de la escuela en la que se ha educado durante medio siglo, el pueblo argentino, y del que dignificó al que en ella había de forjar nuestra unidad mental después de 70 años de esfuerzos realizados por nuestras figuras más destacadas. Así nos tendió España, después de Ayacucho la mano amiga a través del Atlántico. Antes de cerrar los ojos en la ciudad de Gualeguay el 17 de septiembre de 1895, tuvo sin duda, en el silencio de su retiro, la visión de la obra que había realizado. Torres no fue el director de una escuela normal fue el educador de la América de Solís, Mendoza y Garay” (p. 115).

Por último, aparece el pequeño tomo autobiográfico de Víctor Mercante, escrito en sus últimos años de vida y truncado por una muerte imprevista cuando regresaba de Chile de un congreso pedagógico internacional, en 1934.

Este volumen es conmovedor. Pero, a la vez, muestra una personalidad firme y bien templada.

Comienza con un párrafo que pocos hombres podrían firmar con tanta sencillez, con tanto orgullo viril, con tanta verdad: “He sido un hombre útil”. Observemos bien la precisión, la modestia y la grandeza del adjetivo que se aplica a sí mismo: “He sido útil”. No pretendió otra cosa. Pero esa ambición la colmó.

Narra su infancia y pinta una relación intimista y sólida con el espíritu materno. Confiesa su pasión por la música y se le escapa: “Mi destino era ser músico...” Recordemos al ascendiente materno, director de orquesta en Atenas y en Constantinopla. De estas páginas hemos extraído la impresión final de la personalidad que estudiamos y creemos no estar muy lejos de la verdad si nos arriesgamos a formular una teoría para explicar la importancia que tiene el libro de Scanavecchia.

Víctor Mercante fue un hombre de dimensiones excepcionales por su inteligencia, su capacidad de trabajo, su voluntad y su posición de extrema rectitud de conducta. Pero era, en última instancia un espíritu sentimental, profundamente emotivo, inclinado temperamentalmente al arte y en extremo tímido para su vida profesional y de relación.

Las circunstancias no le permitieron elegir su destino. No tuvo la posibilidad de elegir un camino. Se le impuso, por la fuerza de los hechos, una vía poco conciliable con su carácter aunque propicia para su inteligencia. Latía en su fondo la ambición de ser alguien y de dar cauce a sus dotes. Para cumplir dignamente la misión que se le ofrecía como única oportunidad, violentó su naturaleza original y fue lo que debía ser. Un día, vaya a saber por qué extrañas motivaciones y circunstancias escudado tras un seudónimo que ya dice mucho desde el principio, escribió Los estudiantes y guarecido detrás de la máscara de Scanavecchia dio rienda suelta a lo mejor y más auténtico de su personalidad, que no se atrevía a desplegar a cara limpia porque la timidez primigenia del hijo de inmigrantes que a los diez años hablaba mal el castellano en el pueblo de Merlo y a los quince era un adolescente desaliñado y rústico, solo y sin mentores en la por entonces señorial e imponente Paraná, no había de abandonarlo del todo nunca.

Por eso creemos que en el futuro, quizá ya en el siglo próximo, a Mercante le espera un destino mucho más insólito que lo que él y sus discípulos pudieron soñar alguna vez. Porque cuando su Metodología y sus Museos Escolares y sus Archivos de Ciencia de la Educación sean solamente datos históricos dentro de las etapas de un devenir, perdurará en cambio –con esa fuerza que otorga vida inacabable a las mejores creaciones del arte de todos los tiempos– este volumen llamado Los estudiantes y quizá algunas de sus semblanzas, como la de Pablo Berutti. A la vuelta de los siglos, podrá ocurrir que el nombre ilustre del gran pedagogo se vaya oscureciendo, y de Víctor Mercante se acuerden sólo unos pocos especialistas dedicados a bucear en el ayer. Pero Federico Scanavecchia perdurará siempre, porque Los estudiantes tiene la vida eterna de las obras de los grandes clásicos.


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Instituto de Investigaciones Educativas
Junio 1993
Buenos Aires, Argentina